La BuscaResulta casi un axioma esto de empezar diciendo que me encuentro en la calle, caminando sin rumbo fijo; pero es que, aunque sea recurrente, esta vez, debo empezar así, total, quién puede recriminármelo. Pero debo decir que no había pensado salir a la calle, si no fuese porque de repente me asalto la duda existencial, aunque debería decirse mejor "duda absurda", de que tal vez hay alguien buscándome en algún lugar de la calle. Rumas de papeles, y montones de tareas por resolver dejé tirados en una mesa, cuando emprendí aquella búsqueda, que sin duda, y sin querérmelo confesar de primera instancia, estaba condenada al fracaso. Pensé por un segundo que al cruzar el umbral de la puerta que da a la calle, notaría algo distinto, aunque sea mínimo, tal vez imperceptible, que me dijera que realmente tenía sentido estas sensaciones, que me asaltaban frecuentemente y que me instaban a abandonarme. No hubo nada de particular al salir, el grotesco espectáculo de lo rutinario se desarrollaba sin interrupciones en las afueras. Apenas si aquella sensación de búsqueda me mantenía en pie, cortando los hilos del hastío y enfrentándome de bruces ante la realidad. Caminar es algo que sé hacer desde hace mucho; sí, ya sé que muchos pensarán que acabo de decir una de las peores estupideces, y que mejor sería que me detenga en esta parte y me pegue un tiro en la sien. Pero hay que ver cuanta gente camina sólo por que deben acudir a algún lugar, en donde tienen una tarea que cumplir, lo cual los invalida por completo. Caminar sin ninguna obligación, debe representar el mayor goce que tienen las personas. Caminar en busca del yo interior, eso es. Y aquella vez, decidido, salí a caminar; pero no buscando el propio yo interior, sino el yo interior de alguien más, que en el fondo de mí, creía, se encontraba en la misma angustiante situación. Ya antes había tenido esas sensaciones, pero en los últimos días aparecían más frecuentemente, lo cual me ocasionaba algunos problemas insuperables. En una oportunidad me encontraba en una reunión importante de familia, y tuve que abandonarla justo cuando el mayor de mis tíos hablaba sobre tomar la importante decisión de desconectar al abuelo del respirador artificial y dejarlo morir en paz; o aquella vez en que hacía el amor a mi prometida y tuve que abandonarla en el instante en que susurraba que por primera vez, después de muchos años, sentía llegar al clímax; es odioso decir que esa fue la última vez que la vi. Hubieron muchas otras situaciones, pero bástese con esas. La fuerza de aquel llamado era insostenible, como el llamado de la tierra a un avión en picada. Ahora ya no lucho como antes. Mas bien, me dejo llevar mansamente como una hoja seca levitada por el viento, o como niño llevado de la mano a comprar un juguete. Ahora me encuentro en la calle y pienso que sería mejor regresar, miro a ambos lados y también al cielo y sólo veo a aquellos que siempre están. Entierro la mirada en la acera, observando una fila india de hormigas rojas llevándose entre sus fauces a una mosca que patalea inútilmente. Sí, yo soy aquel desagradable insecto y voy rumbo a lo inevitable. Además, ¿no habría más dignidad en morir sin hacer ridículas escaramuzas de escape?. Con todo esto casi olvido mi propósito principal, encontrar a aquél que me está buscando. Sigo caminando , ahora prestando más atención a las cosas que pasan a mi costado. Aunque todo ya es conocido y me aburro hasta el cansancio; es como leer un libro demasiadas veces. Nada. Ya lo sabía. Y cada vez estoy más lejos, tanto que ya no importa regresar. Tanto que lo único que queda es seguir adelante, sumergiéndose en las insondables negruras de lo por venir. Todo fue un ardid. Algún día caeré muerto en la acera, cuando esté muy lejos de todo aquello que formó parte de mi vida. Nadie me buscaba, sólo era yo tratando de salvarme.